Yo estaba en una de mis infinitas clases de Griego. Eran casi las once de la noche de un viernes e intentaba inútilmente enteneder cómo funcionaban los verbos copulativos en las oraciones homéricas. En medio de la odisea académica, recibí un mensaje de texto (porque para ese entonces me negaba rotundamente a modificar el arcaico estilo comunicativo del "mensajito" por el canchero y multifacético waap): "Gota, Nati no va a salir hoy, está muy abuela". Ese mensajito dejaba al descubierto que la salida planificada para el viernes a la noche entre tres compañeros de trabajo se... ¿Cancelaba? Claramente, dejé la escasa atención que me quedaba hacia la Antigua Grecia y respondí instantáneamente: ¿Salimos igual, cambiamos el plan o me quedo en casa mirando una peli? Y enseguida, afortunadamente, recibí la respuesta: "Si querés vamos, te paso a buscar por tu casa" Te-paso-a-buscar-por-tu-casa... ¿Vestido negro? ¿Jean clásico? ¿Qué Gota qué, profesor? Ah sí, sí... la tercera conjugación de tarea...
Llovían milímetros de gotas. Había una humedad espantosa y era viernes post-clase de griego. Si él no me hubiera intrigado como lo hacía, no tenía ni una pizca de motivos para salir esa noche por Buenos Aires.
Y, como me había anticipado, a eso de la una de la mañana pasó por mi casa. Y ahí me lo dijo: "Vos, tenés una imagen añiñada, en la oficina" ¿Añi-ña-da? Y yo para no quedarme con ese comentario que me desconcertaba le dije que "para mí vos tenés una imagen... mmm... como agrandado" (¿o dije soberbio?).
Fue tan graciosa la entrada al boliche (había parado un poco de llover) nos repartieron una tuerca y un tornillo así de prepo con la consigna "para que se encuentren", nos miramos, nos reimos y él empezó a hablar. Me contó historias de borracheras, de fiestas, de boliches. Yo volvía de un viaje y no sé si le hablé de eso ni de qué le hablé. Me distraía en su barbita debajo del labio, en los ojos que se esforzaban para verme entre el intermitente destello de las luces, en sus gestos, en su sonrisa interminable. Inventamos una historia y nos sacamos fotos. Me hizo un círculo de pulseritas fluorecentes y me la vistió arriba de mi cabeza. Yo no pude resistir mi tentación a la payasada y junté mis manos como una niña (añiñada) en su primera comunión.
No recuerdo qué canción sonaba (según posteriores conversaciones creo que acordamos en que sonaba cuarteto) lo que sí me acuerdo es que me abrazó (o hizo un intento extraño de vuelta que terminaba en abrazo) y me invito un beso, y nos besamos... Con gusto a Sprite o Seven Up. Él me sonrió y me dijo "Hacía mucho que no me daban un beso tan largo" y, ahí mismo, sin escalas, se anunció un nuevo beso más largo, más intenso hasta que... "A ustedes dos los conozco" se escuchó ligeramente atrás de mi hombro. Una compañera de trabajo en un estado discutible de alcohol en sangre nos descubrió enroscados. Nos importó muy poco. Había mucho tiempo y muchas Seven Up para comprar y empezar de nuevo, otro beso y otro abrazo y otro beso, y otro abrazo...
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