Soltar, desconectar, relajar. Tres palabras simples, diáfanas, tranquilas. Tres palabras que en mi universo mental pasan aceleradas por mi corteza cerebral y no parecen encontrar un lugar dónde estacionar.
Un poco por herencia, un poco por genética, un poco por naturaleza, un poco por suerte o destino, siempre fui una mujer acelerada, ansiosa, increíblemente llena de energía para encarar cualquier idea que se tope en mi imaginación. El camino para lograrla dependía siempre de mí, el cómo, el cuándo, el dónde. En el caso en que todos esos pronombres se conjugaran en un sí, nena, dale para adelante, yo gestionaba el pedido mental de ejecutar esa idea. Podía ser algo sencillo: anotarme en la facultad, o algo más complejo: organizar un viaje de tres semanas sola por tierras lejanas.
¿A qué vengo con toda esta introducción? Pues bien, a el miedo. Sí siempre fui (soy) una mujer enérgica y con una hiperactividad positiva constante. Pero, también, siempre fui una mujer acorazada por el miedo. No cualquier miedo. Bueno un poco sí. Temo a los perros como si fueran fieras inmortales capaces de aniquilarme en un ladrido, (¿exagerada, yo?). Pero ese miedo, es el que tapa otro. El miedo al transcurrir de los momentos malos, difíciles, interpersonales y de intenso contenido emocional.
Hasta el día que empecé a salir con llamémoslo "él" yo era otra persona. Jamás me había animado a ser la primera en expresar un sentimiento de afecto, ni loca se me hubiera ocurrido abrir mi corazón como lo hice. Tampoco, antes de enojarme con "él", hubiera llorado, pataleado, llevar a cabo una rueda de prensa con infinitas amigas ni enfrentado la situación de aquel enojo como lo hice una noche de Julio. Cuando lo conocí, creo yo, ya estaba preparada para cambiar, para alejar fantasma que arrastraba desde mis siete años y para salir de esa coraza impuesta por mí misma hacía tanto. Para permitirme, además, disfrutar de otra manera las palabras pronunciadas. Amé con las palabras, lloré con las palabras, me enojé, perdoné, cambié. En esos momentos, descubrí una Gota que no conocía que me hizo más personal, que me hizo más única que me hizo más persona. La coraza de robot anti-miedos, anti-sentimientos, anti-enojos, al fin, la había abandonado.
Sin embargo, pasó el tiempo, y un poco del hierro de esa coraza, me di cuenta, aun llevaba conmigo. Un pedacito que internamente sabía que iba a ser el más difícil de soltar, el más duro de abandonar después de tantos años. La coraza del miedo al adiós, a la muerte. Mi infancia estuvo atravesada por una muerte que me instauró ese escudo para salvarme, para seguir. Y ahora, me dejaba indefensa para acompañar a otro, a "él" en un camino que yo había transitado varias veces, el más horrible, el más pesado, el más hondo: el de perder a alguien.
Tuvieron que pasar días de angustias y de fiebres para darme cuenta que lo que él estaba viviendo yo lo había pasado. Para entender que yo podía angustiarme, podía llorar y recordar lo que también había vivido. Y para darme cuenta que necesitaba deshacerme de esa pedacito de coraza que quedaba en mí, para tener más espacio para el abrazo, para dejar por un momento de lado MI angustia y no sumarla a la suya. Para mostrarme contenedora. Para ser un apoyo cálido y no un manto de angustia encerrada en hierro viejo. Me di cuenta que se puede ser sin miedo, que se puede acompañar mejor sin miedo, que se puede seguir transcurriendo sin miedo. Mejor, vivir sin miedo.
Escribir, para pensar. Escribir para crecer, escribir para ser. Escribir para dejar salir el miedo, para hacer una metamorfosis de uno mismo.
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