jueves, 31 de julio de 2014

El beso,

Yo estaba en una de mis infinitas clases de Griego. Eran casi las once de la noche de un viernes e intentaba inútilmente enteneder cómo funcionaban los verbos copulativos en las oraciones homéricas. En medio de la odisea académica, recibí un mensaje de texto (porque para ese entonces me negaba rotundamente a modificar el arcaico estilo comunicativo del "mensajito" por el canchero y multifacético waap): "Gota, Nati no va a salir hoy, está muy abuela". Ese mensajito dejaba al descubierto que la salida planificada para el viernes a la noche entre tres compañeros de trabajo se... ¿Cancelaba? Claramente, dejé la escasa atención que me quedaba hacia la Antigua Grecia y respondí instantáneamente: ¿Salimos igual, cambiamos el plan o me quedo en casa mirando una peli? Y enseguida, afortunadamente, recibí la respuesta: "Si querés vamos, te paso a buscar por tu casa" Te-paso-a-buscar-por-tu-casa... ¿Vestido negro? ¿Jean clásico? ¿Qué Gota qué, profesor? Ah sí, sí... la tercera conjugación de tarea...

Llovían milímetros de gotas. Había una humedad espantosa y era viernes post-clase de griego. Si él no me hubiera intrigado como lo hacía, no tenía ni una pizca de motivos para salir esa noche por Buenos Aires.

Y, como me había anticipado, a eso de la una de la mañana pasó por mi casa. Y ahí me lo dijo: "Vos, tenés una imagen añiñada, en la oficina" ¿Añi-ña-da? Y yo para no quedarme con ese comentario que me desconcertaba le dije que "para mí vos tenés una imagen... mmm... como agrandado" (¿o dije soberbio?).

Fue tan graciosa la entrada al boliche (había parado un poco de llover) nos repartieron una tuerca y un tornillo así de prepo con la consigna "para que se encuentren", nos miramos, nos reimos y él empezó a hablar. Me contó historias de borracheras, de fiestas, de boliches. Yo volvía de un viaje y no sé si le hablé de eso ni de qué le hablé. Me distraía en su barbita debajo del labio, en los ojos que se esforzaban para verme entre el intermitente destello de las luces, en sus gestos, en su sonrisa interminable. Inventamos una historia y nos sacamos fotos. Me hizo un círculo de pulseritas fluorecentes y me la vistió arriba de mi cabeza. Yo no pude resistir mi tentación a la payasada y junté mis manos como una niña (añiñada) en su primera comunión.

No recuerdo qué canción sonaba (según posteriores conversaciones creo que acordamos en que sonaba cuarteto) lo que sí me acuerdo es que me abrazó (o hizo un intento extraño de vuelta que terminaba en abrazo) y me invito un beso, y nos besamos... Con gusto a Sprite o Seven Up. Él me sonrió y me dijo "Hacía mucho que no me daban un beso tan largo" y, ahí mismo, sin escalas, se anunció un nuevo beso más largo, más intenso hasta que... "A ustedes dos los conozco" se escuchó ligeramente atrás de mi hombro. Una compañera de trabajo en un estado discutible de alcohol en sangre nos descubrió enroscados. Nos importó muy poco. Había mucho tiempo y muchas Seven Up para comprar y empezar de nuevo, otro beso y otro abrazo y otro beso, y otro abrazo...



miércoles, 30 de julio de 2014

Empapada en Kafka,

Cuando Gregorio Samsa se despertó una mañana después de un sueño intranquilo, se encontró sobre su cama convertido en un monstruoso insecto. Estaba tumbado sobre su espalda dura, y en forma de caparazón y, al levantar un poco la cabeza veía un vientre abombado, parduzco, dividido por partes duras en forma de arco, sobre cuya protuberancia apenas podía mantenerse el cobertor, a punto ya de resbalar al suelo. Sus muchas patas, ridículamente pequeñas en comparación con el resto de su tamaño, le vibraban desamparadas ante los ojos... 

Cuando Gota Demi despertó una mañana después de un sueño intranquilo, se encontró sobre su cama convertida en un monstruo. Sentía intensamente los olores que rondaban en su habitación: El olor al acolchado, el pijama (pulverizado de fragancia suavidad de algodón), el olor al libro que había abandonado la noche anterior en su mesita de luz y el cuero de sus botas. Intentó rascarse la nariz pero en ese preciso movimiento palpó unos pelos y una humedad fría. Cuando quiso frotarse los ojos, notó que sus manos abarcaban todo el espacio de su cara y no tenían la suavidad cotidiana sino una textura casi esponjosa y afelpada. Tiró las sábanas a un lado, quiso pararse, pero fue totalmente inútil. Cayó de la cama de un golpe y en cuatro patas. Los sonidos se agudizaban aun más en sus oídos y sentía que moverse era una sensación extraña. Vio sus pantuflas viejas, abandonadas en un rincón, la mochila repleta de papeles, las patas del escritorio, el tacho de basura el... Todo su campo visual se limitaba a unos centímetros más allá del piso. Respiró profundo. Olía a perro. Volvió a respirarse, ya no se sentía humana.

Cuando era chica (muy muy chiquita) creía que las mujeres podían parir: Animales o niños. El día que le comenté a mi papá que yo "de grande quisiera tener un bebé y no un perro o una jirafa" puso play al video: ¿De dónde venimos? Y fue en ese entonces, donde se aclararon mis dudas existenciales sobre el origen de la vida. Al leer el cuento La metamorfosis de Kafka no pude menos que sonreir al recordar aquella anécdota infantil. He aquí mi versión Kafkiana de una metamorfosis en uno de mis grandes miedos: Los perros. Bienvenidos aquellos que quieran sumarse al ejercicio de simular transformarse en algo, en otro, en... lo que la imaginación prefiera.

PD: El cuento completo de Kafka, acá.

martes, 29 de julio de 2014

Fénix,

Tengo cuentos sin terminar que me piden a gritos que les encuentre un final. No puedo. Tengo una traba "escritural" que se empeña en crear historias con comienzos y... solo más comienzos. No logro saltar de página, al nudo, al desarrollo, al meollo de la cuestión al: Seguir o no seguir, esa es la cuestión. Me embarco en expediciones literarias con destino incierto y un camino corto...

Escribí más de un par de Blogs. En primera persona, en tercera. Me inventé personajes, hablé de mí misma, inventé historias que le pasaban a una "otra yo", me hice amigos bloggeros que me alentaron en la odisea y al final... Otra vez, la traba, ese tornillo difícil de sacar que era o es el continuar o el darle fin (con moño y todo) al Blog. Allá estarán rodando en el ciberespacio con seudónimos extraños o con nombres propios escondidos. 

Hoy, como un ave fénix, vuelvo a intentarlo. Pretendo animarme a saltar la primera hilera de olas para sambullirme en una escritura sin fin (mejor... ¡¡con muchos finales!!) y lograr un cuento, un blog, un engendro literario, algo, alguito nacido de la punta de mis dedos de las redes de mi corteza cerebral.

Otra vez, como un fénix, me reinvento en un blog, pido a gritos que los dedos no se cansen de escribir y que encuentren entre lazadas cerebrales esas historias que una aprendiz quiere contar.

jueves, 10 de julio de 2014

Miedos,

Soltar, desconectar, relajar. Tres palabras simples, diáfanas, tranquilas. Tres palabras que en mi universo mental pasan aceleradas por mi corteza cerebral y no parecen encontrar un lugar dónde estacionar.

Un poco por herencia, un poco por genética, un poco por naturaleza, un poco por suerte o destino, siempre fui una mujer acelerada, ansiosa, increíblemente llena de energía para encarar cualquier idea que se tope en mi imaginación. El camino para lograrla dependía siempre de mí, el cómo, el cuándo, el dónde. En el caso en que todos esos pronombres se conjugaran en un sí, nena, dale para adelante, yo gestionaba el pedido mental de ejecutar esa idea. Podía ser algo sencillo: anotarme en la facultad, o algo más complejo: organizar un viaje de tres semanas sola por tierras lejanas.

¿A qué vengo con toda esta introducción? Pues bien, a el miedo. Sí siempre fui (soy) una mujer enérgica y con una hiperactividad positiva constante. Pero, también, siempre fui una mujer acorazada por el miedo. No cualquier miedo. Bueno un poco sí. Temo a los perros como si fueran fieras inmortales capaces de aniquilarme en un ladrido, (¿exagerada, yo?). Pero ese miedo, es el que tapa otro. El miedo al transcurrir de los momentos malos, difíciles, interpersonales y de intenso contenido emocional.

Hasta el día que empecé a salir con llamémoslo "él" yo era otra persona. Jamás me había animado a ser la primera en expresar un sentimiento de afecto, ni loca se me hubiera ocurrido abrir mi corazón como lo hice. Tampoco, antes de enojarme con "él", hubiera llorado, pataleado, llevar a cabo una rueda de prensa con infinitas amigas ni enfrentado la situación de aquel enojo como lo hice una noche de Julio. Cuando lo conocí, creo yo, ya estaba preparada para cambiar, para alejar fantasma que arrastraba desde mis siete años y para salir de esa coraza impuesta por mí misma hacía tanto. Para permitirme, además, disfrutar de otra manera las palabras pronunciadas. Amé con las palabras, lloré con las palabras, me enojé, perdoné, cambié. En esos momentos, descubrí una Gota que no conocía que me hizo más personal, que me hizo más única que me hizo más persona. La coraza de robot anti-miedos, anti-sentimientos, anti-enojos, al fin, la había abandonado.

Sin embargo, pasó el tiempo, y un poco del hierro de esa coraza, me di cuenta, aun llevaba conmigo. Un pedacito que internamente sabía que iba a ser el más difícil de soltar, el más duro de abandonar después de tantos años. La coraza del miedo al adiós, a la muerte. Mi infancia estuvo atravesada por una muerte que me instauró ese escudo para salvarme, para seguir. Y ahora, me dejaba indefensa para acompañar a otro, a "él" en un camino que yo había transitado varias veces, el más horrible, el más pesado, el más hondo: el de perder a alguien.

Tuvieron que pasar días de angustias y de fiebres para darme cuenta que lo que él estaba viviendo yo lo había pasado. Para entender que yo podía angustiarme, podía llorar y recordar lo que también había vivido. Y para darme cuenta que necesitaba deshacerme de esa pedacito de coraza que quedaba en mí, para tener más espacio para el abrazo, para dejar por un momento de lado MI angustia y no sumarla a la suya. Para mostrarme contenedora. Para ser un apoyo cálido y no un manto de angustia encerrada en hierro viejo. Me di cuenta que se puede ser sin miedo, que se puede acompañar mejor sin miedo, que se puede seguir transcurriendo sin miedo. Mejor, vivir sin miedo.

Escribir, para pensar. Escribir para crecer, escribir para ser. Escribir para dejar salir el miedo, para hacer una metamorfosis de uno mismo.

jueves, 3 de julio de 2014

Seis horas no me bastan,

Despertarse implica abrir los ojos y enfrentarse, cara a cara, con la pared blanca que nos delimita el espacio de la habitación. Implica escuchar el celular-despertador que nos quema el reciente habilitado espacio cerebral apto para la realidad con un intermitente sonido. 
Y suena contradictorio que pese a que nuestro cuerpo sabe que tiene que arrancar el día (porque lo sabe) nuestro cerebro le hace la vida (por no decir la mañana) imposible.

Si ya lo dijo Calderón de la Barca: La vida es sueño... ¿Por qué no dedicar más horas al día a tan poético placer? Pero bueno, ya sabemos cómo sigue la historia: ...  y los sueños, sueños son.

Jueves. Mi reino por una almohada.

miércoles, 2 de julio de 2014

Hoy,

Escribir porque sí. Escribir porque hay ganas. Escribir porque hay muchas palabras girando en las esferas desconocidas de la mente que necesitan ordenarse, o serenarse. Escribir porque lo piden: las yemas de los dedos, los oídos, la respiración y la lengua. Escribir para fluir. Escribir para vivir. Escribir para decir. Escribir para intentar, para empezar, para crecer.

Me llamo Gota. Bueno, en realidad mi nombre civil y sincero es otro pero el mundo virtual me invita a recrearme, a pensarme como palabras en un teclado infinito en una pantalla a punto de llenarse de mí, de gotas, de letras, de cosas, de... vaya a saber de qué.

Nací en la Ciudad de Buenos Aires, un día de primavera. De chiquita rotaba mi elección vocacional entre maestra, azafata, recepcionista de video club (o de dentista), locutora, actriz, joqueta... El comienzo de la adultez anticipó una carrera universitaria, Ciencias de la Comunicación, que quedó perdida en algún apunte. Mis pies se guiaron por otra ruta y estudié un profesorado. La docencia anticipada en los juegos infantiles, en las tardes de meriendas, en la casa de alguna amiga, se gestó en mí desde siempre.

Me gustan las galletitas de chocolate, las montañas, los días de sol, las pantuflas, los esmaltes, las lapiceras, las bicicletas.

Amo charlar, preguntar y sorprenderme.

No me interesa ganar dinero. Quisiera trabajar para ganar tiempo libre. Los días de lluvia no me afectan. El futón, como objeto de la casa, me parece perfecto.

Algo así, porque sí. Una parte de mí. Así empieza. 

Bienvenido/a seas.