Despertarse implica
abrir los ojos y enfrentarse, cara a cara, con la pared blanca que nos delimita
el espacio de la habitación. Implica escuchar el celular-despertador que nos quema el
reciente habilitado espacio cerebral apto para la realidad con un intermitente
sonido.
Y suena contradictorio que
pese a que nuestro cuerpo sabe que tiene que arrancar el día (porque lo sabe)
nuestro cerebro le hace la vida (por no decir la mañana) imposible.
Si ya lo dijo Calderón de la Barca: La vida es sueño... ¿Por qué no dedicar más horas al día a tan poético placer? Pero bueno, ya sabemos cómo sigue la historia: ... y los sueños, sueños son.
Jueves. Mi reino por una almohada.
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