Mi problema con las ciudades es su magnitud. Marean y confunden mi delicado sistema de concentración ante las direcciones y numeraciones de las urbes. Toda mi vida, incluso, estimo, desde mis primeros pasos, fui completamente despistada. Puedo hacer el mismo recorrido los trescientos sesenta y cinco días del año que seguro (según propias y fiables estadísticas) más de la mitad de esos días cambiaré involuntariamente de camino, me perderé por la misma manzana de siempre, preguntaré si estoy en la calle correcta y me cuestionaré si tal bar, tal florería, tal kiosko siempre estuvieron allí. Esa cotidianeidad de que la gente pregunte al pasar tal o cual dirección a mí me genera una sensación de temor como si me hubiera hablado el mismísimo zombie de las series de televisión. No sé que responder, me bloqueo.
La mayor parte de mi vida la viví y la transcurrí sobre la emblemática avenida porteña: Corrientes. Nunca supe el sentido de los autos ni la numeración, todo intento de memorizar las calles que la cortan fue en vano, en reiteradas oportunidades. Y he observado que en otras partes del mundo, me pasan exactamente lo mismo. Siempre que viajo, dejo que me lleven por las rutas argentinas e infinitas a ojos cerrados. De copiloto soy igual a cero.
Mi familia ya toma mi despiste y poca ubicación, como una enfermedad. Mi novio se pone nervioso cuando le digo que no tengo ni la menor idea dónde estoy parada (sea la esquina del departamento o al lado del mismísimo obelisco). Lo intenté con terapia. Llevé a sesión este “problemita”, ella me dijo: “Yo no tengo idea dónde queda el jardín de mis hijas y voy igual, en auto”. OK, no soy yo, mi terapeuta también padece los mismos síntomas.
Quién sabe por qué. ¿Será por tener la cabeza en las nubes, en la luna de Valencia o arriba de una palmera? Me gusta pensar que el motivo es un alma soñadora. El despiste provoca situaciones extrañas, bizarras y hasta de enojo con uno mismo. Sin embargo, esas pequeñas perdidas, esos minutos fuera de tiempo (uno jamás calcula perderse cuando piensa cuánto demorará al trasladarse de un lugar al otro), pertenecen a otro espacio. Como si uno pudiera salirse de si mismo para perderse y confundirse. Quién sabe.
Seguro que algún día, perdida en alguna avenida, estación de subte o aeropuerto, suceda algo genial, especial o tal vez, me encuentre, frente a frente, con mi alma soñadora.
Como los gatos, para los que cualquier casa es un laberinto, para los humanos, cualquier ciudad es un desastre, este, no, digo, cualquier ciudad es un laberinto también...
ResponderEliminarSaludos
J.